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Título: La realidad por excelencia. Análisis de la obra : La construcción social de la realidad. De: Peter L. Berger y Thomas Luckmann

Escrito por: Boris González Arenas

Dentro de la sociología del siglo XX el problema de la vida cotidiana, los modos como esta se construye y en torno a qué estímulos genera sus universos de significación, son una preocupación fundamental. La sociología fenomenológica, el aporte que a la ciencia sociológica como tal realiza Alfred Schutz, parte de la tradición intelectual y filosófica europea, básicamente alemana, para coincidir con la sociología norteamericana y las preocupaciones  que esta había desarrollado de este lado del Atlántico (1). Uno de los principales resultados intelectuales de este encuentro es la obra: La construcción social de la realidad (1967), escrita por Peter L. Berger y Thomas Luckmann. La obra permitió al público norteamericano familiarizarse con las ideas de Schutz, al presentar una visión teórica de la realidad de la vida cotidiana en comunión con los estudios sociológicos propios (Ritzer, 1993).
El esfuerzo tuvo un gran resultado al ser una de las obras de sociología que más se difundió en la segunda mitad del siglo XX y cuya relevancia intelectual profundizó el interés por el estudio de la vida cotidiana y la conciencia de la significación del sujeto común, que de ella se supone. Considero leal tener esto en cuenta a la hora de realizar el perfil crítico de cualquier obra con semejante trascendencia. La forma como los aportes de esta obra se han integrado a nuestra cultura son inapreciables y al acercarse a su análisis pueden aparentar ser trillados conocimientos que debemos, sin embargo, a los propios autores y que hoy resultan poco menos que naturales.
El interés de la obra por hacer coincidir diversas construcciones teóricas produce ciertas incoherencias que lindan lo inadmisible cuando sus resultados son lo contrario de las ideas que le dieron origen.
Del mismo modo el rechazo manifiesto a la práctica filosófica, además de presentarse como un prejuicio extraño, limita la osadía intelectual y reduce el brillo de ciertas argumentaciones.
Resulta difícil aceptar que los autores lleguen de manera tan simple a la conclusión de que la realidad de la vida cotidiana, "es la realidad por excelencia" (p. 36) (2) dentro de las múltiples esferas de la realidad en que se mueve la conciencia. Si bien es la intención de la sociología fenomenológica analizar la vida cotidiana y el desempeño diario de las personas en la sociedad (Ritzer), parece simplificado que se adjudique a la conciencia una esfera de realidades difusa y de esta se extraiga la excepcionalidad de la vida cotidiana.
Queriendo dejar al mundo de la vida cotidiana en una situación "plena" para su posterior análisis, lo que lograrían los autores sería desconectarlo, privarlo de la energía que pudiera inspirar un acercamiento más completo.
Su intención declarada, alejar a la sociología del conocimiento de los procesos intelectuales que analizan tal realidad para sumirla del todo en el estudio de la realidad y el sentido común (p. 31), más allá de resultar muy interesante, queda incompleto. 
El análisis que realizan de la Institución como fenómeno social, que examinaremos más adelante, denuncia la dificultad que encuentran estos autores para concentrarse en lo que es su interés, la forma como los sujetos construyen la realidad social a todos los niveles. De esa dificultad, no obstante, deriva lo que es, a mi entender, uno de los mejores momentos del libro.
Como es de suponer, antes de entrar a analizar la realización de la vida cotidiana, los autores estudian el sujeto con que cuenta la sociedad para desarrollarse, esto es, el ser humano; y las diferencias que nos distinguen del resto del reino animal: "Tan pronto como se observan fenómenos específicamente humanos, se entra en el dominio de lo social. La humanidad específica del hombre y su socialidad están entrelazadas íntimamente (p. 72)".
La preocupación en torno al análisis de la socialidad y sus consecuencias tiene antecedentes bien antiguos. En su obra "Política" Aristóteles llega a incapacitar a todo el que viva al margen de la sociedad para considerarse un ser humano, con lo que coincide con Peter L. Berger y Thomas Luckmann quienes afirman en el libro estudiado que: El ser humano solitario es ser a nivel animal (lo cual comparte, por supuesto, con otros animales) (Pág. 72).
Implícitamente los autores se involucran también en la polémica entre George Herbert Mead y los conductistas más extremos, quienes no veían diferencia entre el complejo de relaciones humanas y las animales (Ritzer).
Es difícil desconocer la naturaleza social del ser humano, así como su notable distancia respecto del resto del reino animal. Donde considero que se hace más precaria esta afirmación es en las conclusiones que de ella se derivan, o en la argumentación por la que a ella llegamos.
A mi entender Berger y Luckmann llegan de modo un tanto difuso y la argumentación no es suficiente.
Los autores acuden al distanciamiento de nuestra capacidad instintiva, de la que poseen los animales, mucho más desarrollada (Ob. Cit. p. 66). Por ello el ser humano no está condicionado, sustancialmente, a habitar uno u otro ambiente, ventaja de la que están privados los animales (Ob. Cit. p. 67). Esta información es síntesis de estudios más abarcadores, cuyos autores son señalados en notas al pie.
La consecuencia de nuestra ventaja sobre los animales, es que el ser humano ha conseguido disgregarse por toda la superficie de la tierra, aún cuando nuestra adaptación biológica a tales espacios no se produce sino de modo muy imperfecto Ob. Cit. p. 67). El efecto trascendental de esta disgregación es que evidencia en el ser humano la capacidad de desarrollarse en un campo de actividades diverso, sometido a grandes variaciones y diversificaciones. Tal capacidad, unida a nuestro diferente desarrollo ontogenético cierran un círculo en torno al cual se construye nuestro distanciamiento del reino animal y nuestra compleja organización social, al mismo tiempo (Ob. Cit. p. 68).
Hasta aquí un breve análisis del texto hasta una de sus conclusiones fundamentales. No es necesario continuar y si he procedido de modo tan puntual es porque debemos asegurarnos de interpretar, del modo más correcto posible, a los autores. 
Considero que al apoyar sus razonamientos con datos tomados de las ciencias biológicas contemporáneas los autores abandonan el empeño por argumentar más eficientemente las conclusiones a las que van arribando. No queda claramente expuesta la idea según la cual tenemos un menor desarrollo de los instintos que los animales (supuestamente debemos confiar a las obras que citan los autores la argumentación adecuada), y tal hipótesis puede ser sometida a numerosas dudas. Una de las fundamentales a mi entender sería la posibilidad de que sea el intelecto humano, o los rudimentos que lo posibilitan, los que desde muy tempranamente medien en nuestro desarrollo instintivo produciendo dicha desventaja.
Cosa que, al parecer, resultaría negada tajantemente por los autores. Para ellos no se puede hablar de naturaleza humana más allá de ciertas constantes como los instintos y nuestra mayor apertura al mundo. Cuando aluden a que es solamente la naturaleza del entorno socio- cultural la que moldea nuestro desempeño, obvian referirse a nada más. Se distancian así de la solución dada por Mead (Ritzer), para quien el ser humano produce, por su misma capacidad intelectual, un distanciamiento entre el estímulo y la respuesta que es definitivo para diferenciar las reacciones humanas de las del resto del reino animal. No es de extrañar que frente a la propuesta de Mead, nuestros autores prefiriesen una explicación más constreñida al universo de las ciencias biológicas con lo que buscaron salirse del campo de la especulación. Esclarecido este punto, es sensible que la propuesta de "La construcción..." es una actualización de una de las polémicas más antiguas de la filosofía, de la que las ciencias humanas no podían substraerse.
El área en la que surge el conocimiento y el espacio a partir del cual el mismo se forma, nos remite a toda la historia del pensamiento y la tesis que rechazan los autores es la de que existen ideas en nuestra naturaleza previas a la aparición de nuestra conciencia o sentidos. Con ello tienen como antecedentes afines a dos de las figuras principales del empirismo inglés: David Hume y John Locke.
La originalidad de Berger y Luckmann radica en acentuar la importancia de nuestra socialidad como contenido indistinguible y principal de nuestra aptitud humana (Ver cita en Pág. 1), con lo cual modifican positivamente las tesis que absorben.
Dado que la sociedad tiene una importancia tal para el desarrollo del ser propiamente humano, para los autores serán centrales las consecuencias del desempeño de ese individuo. Por ello, el estudio de la Institución es un objetivo principal de la obra y donde alcanzan, quizás, su más perfecta elaboración.
En el acápite "Orígenes de la Institucionalización" del capítulo uno del libro, titulado: "Institucionalización", recurriendo a antecedentes como la obra de George H. Mead y Georg Simmel, entre otros, los autores logran construir una estructura coherente y de gran utilidad teórica (entre otras cosas por la cantidad de caminos que dejan planteados) para el estudio de la sociedad. Partiendo del concepto de Habituación, los autores consiguen exponer una realidad en la que la progresión (evito a propósito palabra como "desarrollo" y "progreso") del desempeño social se produce por la liberación del individuo de tensiones asociadas a las prácticas corrientes. A través de un correcto desempeño social, el individuo es un ser relacionado íntimamente con su entorno, capaz de concebir, desde su individualidad, estrategias puramente colectivas para la obtención de cualquier fin. Imaginemos un individuo que se plantea construir una casa desde el principio. Pues bien, este individuo conoce, más que las artes de la albañilería, los materiales de la construcción y la pintura o los decorados (conocimientos que, de tener que plantearse su adquisición supondrían buena parte de su vida); los procedimientos sociales a través de los cuales una casa puede llegar a ser realizada sin que suponga, para sus prácticas vitales, una ruptura insalvable. A tal conocimiento Berger y Luckmann lo denominan: "Conocimiento de receta". Imaginemos que este individuo es una especialista en genética animal, al tipo de acción que realiza este individuo le es tan ajena la construcción de una vivienda, que sería imposible imaginar, por la observación de su desempeño, que la vivienda le sea un bien necesario. Del mismo modo sería impensable que el desempeño laboral de esta científica llegara a su nivel óptimo si su capacidad de especialización tuviera que ser compartida con los conocimientos propios de las necesidades que se le presentan. Pues bien, en tal paradigma radica la eficiencia de la institución. Para Berger y Luckmann la característica "genetista animal", es una tipificación que permite a nuestra científica desempeñarse institucionalmente. Otras tipificaciones como "albañil", "transportista", "vendedor de materiales de construcción" permitirán a nuestro individuo construir una casa desde el momento en que los portadores de tales categorías le reconocerán, a nuestra "genetista animal", el rango como para moverlos a tal acción.
Sin embargo, en estos dos conceptos están implícitas lo que a mi juicio son limitaciones de la obra. Al buscar eliminar las consideraciones especulativas, como en el ejemplo citado sobre la inteligencia animal y la propiamente humana, los autores crean categorías extremadamente generales que, inspiradas en la realidad, solo consiguen ser sistematizadoras de esta con lo que llevan implícitas la consagración de los principios de causalidad. El individuo queda contenido en diversas tipificaciones que, aún cuando los autores profundicen en la complejidad de sus relaciones, se encontrarán limitados a las señas visibles de las relaciones humanas ignorando toda consideración espiritual y los modos como esta se relaciona con nuestra cotidianidad. La inteligencia del individuo queda confinada a una especie de procesador de los datos típicos y predecibles, a la vez que es una inteligencia ansiosa por convertir en tales aquellos elementos que significan una desviación de lo esperado.
La riqueza contenida en la dualidad manifestada por Mead al considerar a la sociedad un universo compuesto por el yo a la vez que por el mi (Ritzer), y atribuir prácticas específicas a ambas consideraciones, se nubla en las reflexiones relativas a La construcción social de la realidad, dejando al sujeto desprovisto de una capacidad creativa importante.
Podría aludirse a que los autores conceden al lenguaje parte de la capacidad que niegan a la interacción ("El lenguaje me proporciona una objetividad ya hecha para las continuas objetivaciones que necesita mi experiencia para desenvolverse" p. 57) y ciertamente considero que es por el lenguaje que buscan liberar algo al sujeto que han descrito en el proceso de tipificaciones. Sin embargo, al dar una responsabilidad tal al lenguaje, no hacen sino confirmar la falta de organicidad que se hace notable en el sistema tipificador. Era esta, por otro lado, una consecuencia comprensible de la intención de los autores de mantenerse al margen de la especulación. Convirtiendo al lenguaje en el principal objetivador, los autores consiguen que un sistema derivado de la práctica social (La realidad por excelencia), sea el que la signifique.
Ha sido señalado en los autores que al concentrar el análisis social en las relaciones interindividuales, estas reciben un énfasis excesivo, dejando en desventaja la posibilidad de comprender estructuras sociales más complejas (Corcuff).
Ciertamente, en la abstracción cabe el peligro de distanciamiento a consecuencia del cual una estructura teórica termine siendo un objeto bello de poca relevancia para el análisis social. Pero tal defecto no invalida el valor del análisis abstracto y mucho menos de la especulación, sino que supone uno de los defectos de que tiene que huir el científico social. Y aún más, cabe la posibilidad de que no haya conclusión alguna, en las estructuras del cual, no se encuentren las conexiones necesarias del pensamiento abstracto.

Bibliografía:
-Aristóteles  "Política". Cuba. Instituto del Libro 1968
-Peter L. Berger y Thomas Luckmann: "La construcción social de la realidad" Argentina. Amorrortu Editores 2001
- George Ritzer "Teoría Sociológica Contemporánea" España. Mc Graw- Hill 1993
- Philippe Corcuff "Las nuevas sociologías". España. Alianza Editorial 1998

NOTAS AL PIE:
1 Alfred Schutz nació en Austria en 1899 y, huyendo de los nazis, emigró a Estados Unidos en 1939.  Si bien sus fuentes académicas pertenecen al mundo intelectual europeo, principalmente la filosofía de Edmund Husserl, y la sociología de Max Weber, La construcción social de la realidad es la consecuencia de su llegada a Estados Unidos.
2 La edición de "La construcción social de la realidad" a que se alude, es la edición en español de Amorrortu 2001. Ver bibliografía al final.


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