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Título: Bulldozers.[*]

Escrito por: frency

"He pretendido ser un pobre Newbie.
Mas en el fondo he descubierto ser
un humilde Lamer que muere,
cada día,
soñando un futuro que nunca llega
frente a un display de 14 pulgadas;
soñando unas 5 menos en mis uñas…
para zarpear los sistemas." [1]

Hace unos ocho años pude ver a un pingüino patinando sobre una gran ventana. Su peso, de lo cual ha hecho mucha gala, es bastante liviano en comparación con otros cuerpos sólidos. Al día siguiente el palmípedo enfermó de un resfriado, al parecer cierto ambiente no le asentó y la ventana perdió sus ventanillas con persianas. Mi hermano paterno era el responsable de una tragedia que mi viejo ignoraba. Lo cierto es que el brother posibilitó un encuentro desastroso en medio de pistas y secciones, donde Linux se montó sobre el suave Micro de Gates y virtualmente desbarató la herramienta más preciada por una parte de mi familia. Iba desarmando lo que nuestro progenitor venía armando. Por ello no hubo PC alrededor de quince días. Ya hoy no les sucede nada de eso y mi brother estudió una física endemoniada, se mete en el pensamiento complejo, la teoría del caos y los libros de hackeo.

Mi Samuel con cinco años hizo, como dirían los madrileños, flipar a Ponjuán cierto día en el que trabajábamos. Yo le había armado una 486 para sus juegos y al bloqueársele minimizó, abrió Temp File, tecleó a la vez Shift+End, luego Del, Enter y por dos veces Ctrl+Alt+Del. La maquinita reinició y los juegos fluyeron a través de la parte dura. Hay, como él, unos cuantos que al crecer tal vez haya que decirles Usted.

Muchos soñamos con Bugs, para los más pequeños como mi Samuel la liebre escurridiza de «what’s up docs?», quien alcanzó a comer su zanahoria y hoy camina a donde quiere sin que esa raíz comestible le indique el camino; para otros es esa "puerta trasera" que el sistema Nagra no pudo cerrar y por la que se puede quebrar el sistema.[2]

Y es que muchos pretendemos estar en frecuencia y descargar lo nuestro, lo interno que nos tienta, conforma o lastra. Hay que estar como puestos pa’ las cosas, nos dice la jerga, pues ya viene hablándose desde hace algunos años de la emergencia y lo emergente de una producción que emplea los nuevos medios en tanto otra de las tantas herramientas expresivas del campo simbólico y lingüístico visual. El artista se ha configurado las más de las veces cual "ordenador" de un mundo particular, acaso subjetivo, que aporta a la cultura ese otro sentido que invoca a los planos emocional, sensorial e imaginarios por donde se tamizan investigaciones y experimentaciones en link con otros campos como los sociales, los cognoscitivos o los axiológicos. Dentro de ellos muchos niveles que implican lo antropológico, lo ideopolítico, lo místico o lo estético, et. al. Porque en última instancia el artista, aun posicionando su obra, ofrece sorbos de una espiritualidad que ha sido perdida por parte de su seno cultural. Todos han sido caminos que han personalizado a nuestro arte desde aquel invierno de 1981[3] que presuntamente nos abrió al reino de lo contemporáneo mediante la inclusión consciente de lo conceptual, del desplazamiento hacia otros medios o morfologías más experimentales que fueron derivando en lo instalativo, lo objetual, lo performático, lo interactivo, lo mediático o multimediático. Y en esos afanes por "ordenar" llega el ordenador, herramienta que resume en su base mucho de lo antes referido. Punto o nodo desde donde se potencian o concretan disímiles ramificaciones que parten del mismo objeto físico con sus posibilidades digitales, pasando por sus proyecciones y trasmisiones hasta llegar a las redes o las multipistas.

Cada herramienta, siempre lo aclaro, tiene su ABC. O sea, que está creada para una finalidad y por ello exige un empleo específico. Lo que infiere que como medio, en este caso expresivo, posee un lenguaje intrínseco que ha de ser comprendido. Lo que en consecuencia genera otros niveles culturales, aun una cultura completa con sus especificidades y claves de comprensión.

Todo cuanto se crea en la actualidad por el mundo de punta está descansando sobre la base de códigos y encriptaciones para sacar el mayor rendimiento de la tecnología y el producto. Los software de las máquinas, las TVs convertidas en canales de pago temáticas, que requieren de complejos sistemas de control para asegurarse una rentabilidad, los nuevos soportes de grabación ya digitalizados para todos los sistemas –ya sean de vídeo, audio o datos–, los sensores y simuladores de "realidad virtual", todos, poseen códigos de protección. A su vez estos soportes digitales, tales como un simple CD, DVD o Minidisc, suelen estar encriptados y reducidos a un puñado de códigos que hacen de ellos una forma de pago por visión.

Ante esto se hace obvio que siempre habrá cierta necesidad por consumir, y cierta curiosidad por "estudiar", estos códigos y estas propias tecnologías porque cada vez más vivimos en un mundo de informaciones, encriptaciones y rupturas de sistemas. El artista, el que nos concierne contemporáneo –que aprehende el espíritu de su época–, es un quebrantador de otros sistemas concernientes al campo del arte; además es un usuario o consumidor de tales medios referidos, que se vale de los mismos para hablar en otros niveles de lenguaje poético, ni más bajo ni más alto, y que en la medida en que se introduce en las tecnologías también se hace apto para comprender algo de la poesía interna de los software o las creaciones provenientes del campo tecnocientífico. De tal modo se anuncia una reunión de las artes y las ciencias[4], haciendo notar la belleza aplicada desde las matemáticas, la física y sus parientes. Igualmente el artista que se vale de estos conocimientos instrumentales es análogo en sensibilidad a la ética que sustenta a los hackers, regidos por un comportamiento aún vigente en mayor o menor medida: el principio de que la información debe ser libre[5].

El artista cubano, en su experimentación con los nuevos medios, ha encontrado un terreno perfecto para su ansia de parodiar, asimilar o deglutir, algo que lo ha sustentado culturalmente en tanto ser sensible sobre su medio. Por ello la necesidad de actualizar ese hacer mediante estos medios sin querer caer en la trampa que ello implica, sin recurrir al efectismo gratuito. Porque mucho en nuestro arte ha estado engarzando profundamente ese inviolable nexo entre pensamiento y medio -y no medio en sí- para posibilitar una confrontación, un goce intelectivo y seductor, de un tipo de producción que transita por el límite de lo permisible.

En este punto quisiera detenerme un tanto más pues hay como un contrasentido[6]. Las herramientas de los nuevos medios tecnológicos posibilitan la creación visual de un modo más expandido e interdisciplinario. Pero muchas veces noto cómo varios de los que de ellas hacen uso las dejan a un lado si se interesan por acudir a la pintura más ortodoxa, o a otros soportes como los instalativos o los que conforman un arte procesual o de acción. Entonces la paradoja aumenta porque delata cierta miopía para hacer de la inicial computadora, por ejemplo, un instrumento todavía desligado, sin el link que de por sí posee con las diversas maneras de hacer arte.

Al arte que estamos generando desde estos nuevos medios se le debe aplicar la lógica siguiente: también es un terreno algo clandestino que nos resulta como la leche en polvo, con equipos comprados mediante precios alterados, encarecidos, o en algunos casos importados pero que ya no se pueden importar (habría aún que revisar, con un largo etcétera, las listas de permiso de importación aduanales de la nación). Entonces hablamos de algo underground en su nacimiento y tolerado oficialmente con todas sus ilegalidades implícitas.

Venimos a hablar de arte, pero no podía perder de vista esa especie de juego con lo prohibido. Así inquiero: ¿seremos un bando de enajenados, adelantados sociales o de transgresores de una normativa impuesta? Tal vez el arte creado mediante nuevos medios tenga de madre una zona bajo estado de sitio.

Para algunos, anhelo que para estos predicantes no suceda así, cabe que se estén comiendo un canon visual que imposibilita explotar otras resultantes expresivas de este mundo, cabe el peso del costo productivo de este arte, de sus soportes y puesta en escena, entre otros factores económicos y tecnológicos. Pero lo que más pesa es el ensimismamiento tautológico en el medio en sí de algunos creadores que nos andan rondando. Lo que más lastra es una carencia de dudas, de preguntas que muevan a crear, de goces y dolores que enunciar o expulsar, de una indagación esencial sobre nosotros mismos –que aún tenemos dentro. Todo el arte está llamado a restaurar el espíritu en medio de esta realidad cada vez más virtual –por ilusoria, construida, manipulada, a veces hasta falsa– y no a seguir el juego de los poderes que dividen las lenguas, bloquean las mentes y diezman los espíritus con sus loas a la piel, a la corteza.

En consecuencia, podremos encontrar cierta disensión simbólica, ciertos desplazamientos de medios, persistiendo un afán conceptualizador e investigativo. Pero falta mucho y algunos pueden estar llegando tarde al carro de la historia –aunque esta muestra funcione como un start up. Porque el arte que se vale de lo tecnológico, aunque no sea el súmmum, asimila las armas que hoy se nos ofrecen para decir y hacer con nuestra época y descreer también de ella. Con todo lo paradójico que parezca decir, hacer y descreer con algo que en partes dosificadas se quiere masificar como las pizzas pero se cultiva como la carne de res para nosotros o el caviar para algunos de los aquí invitados.

frency.

Nacido en 1971 en otro Laboratorio de Inteligencia Artificial. Fuera de Massachusetts.

(Publicado como primera versión en la Revista "Extramuros", No. 3 de 2006).

NOTAS

* Originalmente este texto fue titulado The Tech Model Railroad Club Consumers. El TMRC, siglas de lo que en español es el Club de Modelos de Trenes, era un grupo de alumnos dentro del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que en 1959 se inscribieron en el primer curso de programación de la institución. A partir de ese momento comenzó una historia de amor "tecnológica" por los ordenadores y por sus posibilidades programáticas en aquellos días. Fueron los pioneros en cuanto a una manera de pensar diferente en relación con el nuevo futuro informático y tecnológico.

[1] "Detalle" de Vector, de Gaspar Carbonero.

[2] El bug es un término aplicado a los errores descubiertos al ejecutar un programa informático. Fue usado por primera vez en el año 1945 por Grace Murray Hooper, una de las pioneras de la programación moderna, al descubrir cómo un insecto había dañado un circuito del ordenador llamado Mark.

[3] Me refiero, nuevamente, a la muestra Volumen I que contó con obras de Tomás Sánchez, Flavio Garciandía, Rogelio López Marín "Gory", Leandro Soto, Gustavo Pérez Monzón, Rubén Torres Llorca, Juan Francisco Elso Padilla, José Bedia, Ricardo Rodríguez Brey, José Manuel Fors e Israel León, en el Centro de Arte Internacional de la calle San Rafael (lo que es hoy La Acacia, con toda distancia temporal, de "gusto" y sentido).

[4] Algo que ya había sido rozado en los años ochenta con una muestra de la cual no recuerdo mucho, en 1988 en Galería Habana, y en este año 2004 con la muestra "A es B", en el mismo espacio desde mayo hasta junio (participantes: Douglas Argüelles, Abel Barreto, José Fidel García, Ruslán Torres y Jorge Wellesley-Bourke).

[5] Exceptuando algunos, entre los más notorios a un grupo de Hackers de la CIA, llamado "la Quinta columna".

[6] Algunos de estos elementos los había esbozado en dos textos publicados: "Buzzlightyear". Dossier sobre arte digital de la Revista "23 y C", No. 1/2002; y "kalashnikov". En: Revista "La Gaceta de Cuba", No. 2 de 2004. Además de un tercero, "The Tech Model Railroad Club consumers", resultante de un panel junto a Luis Gómez y Erik García en el VI Coloquio Internacional Arte Digital: Lenguajes y Poéticas. Ciudad de La Habana, 22 de Junio.


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