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Título: CRUNCH & FALTAS.

Escrito por: frency

"El amor a la tierra es algo natural, casi instintivo, con la idea de vivir ahí para siempre.

Por eso preferible imaginarse con las raíces en la mejor tierra posible." [1]

Durante estos últimos cuatro años estuve indagando, como "afuera del agua", sobre algunos temas de orden cultural. Porque los modos de los que bebí, se dice, implican herramientas que le han pertenecido a otros saberes; y no precisamente al de la crítica de arte, su docencia y la curaduría sensu strictu que, presuntamente, me conciernen. En ese discurrir y dejar escrito, garabateé una primera versión de este texto y, tras más de un año de distancia, de pasión y angustia por todo esto, observando el decursar de nuestras vidas y las relaciones que se dan en torno nuestro, reescribí el ensayo con una estructura que adiciona otros puntos preocupantes en relación con lo temporal, lo relacional, lo teleológico y algunos posibles traumas que estos encierran para el campo cultural y, dentro de él, el arte visual y la sociedad.

Ha sido entonces un texto postergado. Repensado a diario y quizás reescribible. Fruto de un alejamiento que llevó a cuestionarme qué clase de misterio es ese que alienta que el deseo de crear se convierta en una pasión para algunos, y que esos algunos sean capaces de tanto sacrificio, hasta de pasar hambre, o cualquier experiencia extrema, lo que fuere, con tal de hacer una cosa que no es realmente del todo medible y que al fin y al cabo a muchos sirve para nada. Mas, tras un regreso, casi todo me confirma que esas ideas heridas son las que brotan de traumas u obsesiones compartidos por muchos.

Una mañana de junio de 2004, ante un aula del Instituto Superior de Arte, cerraba mi curso de Estudios Cubanos con un parecer sobre ese trauma identitario que tanto hemos padecido de la siguiente forma: "Defínanme cómo huele una rosa o sabe un mango."[2]

Esa incógnita ha sido recurrente cada vez que pienso en esas nociones, certidumbres para algunos, sobre los patrones que arman o diseñan los procesos culturales de una humanidad desandante o que transcurre con esa "zanahoria" llamada Identidad. Nadie respondió con definición alguna, yo tampoco, sólo nos entrampamos en ejemplificar con gestos o símiles tal fragancia y tal sabor. Pero ese hecho demostró lo indefinible de ciertas cosas. Fue cuando retomé este tema, con una identidad trémula y danzante. Con cierta obsesión que descubría allá, cuando mudaba mis dientes de leche y se mudaban también ciertas ideologías, bajo las faldas de las "negociaciones revolucionarias".

Pero sabemos que las revoluciones son lentas y procesuales, tienen una dimensión temporal mediata si son nutridas, aireadas; si se les revoluciona dentro de sí mismas. No son instituciones ni direcciones generacionales. La Historia entera, ora la vapuleada y revisada, ora la paralela, alternativa o co-relatada, ha demostrado que la dinamización lleva a la atomización de lo que se erija sin un sentido relacional y sostenible.

En consecuencia, la "realidad" nos ha lanzado en el rostro que hemos vivido rodeados, a veces inmersos, en un mar de pretextos por querer hacer un "bien" que esconde una necesidad de perpetuar a los discursos de poder: heredamos de nuestra esencia cultural la posibilidad de escapar del olvido y caer en el destiempo y el no-lugar, aunque paradójicamente, hemos padecido el montaje de un pasado con el olvido de ese pasado. Y nuestro pensamiento, nuestra inacción, ese extraño nihilismo conjunto del presente, responden a una zozobra temporal donde seguimos siendo, gracias a esos fantasmas del pasado, soñando un futuro que nunca llega. Porque aquella entelequia de alcanzar las estrellas nos convirtió de presuntos astronautas y conquistadores de espacios en abrumados observadores del firmamento.

Astrónomos elucubrando a la espera con toda esa carga que, tal parece, nos tuviera preparados vulgarmente para relacionar cosas y hechos: nuestro cuerpo social posee una capacidad para entrelazar –incluso disparatadamente– hechos que acontezcan… afuera. El cuerpo social mira hacia allí, y fabula con su instintivo relacionismo las realidades que en ese afuera pudieran existir. Sin embargo, por no ser profeta en su tierra, le toca cargar con el padecimiento de no saber relacionar los hechos que acontezcan… adentro.

No saber relacionar es un signo de subdesarrollo. Y uno de los afanes del campo intelectual, y dentro de él el artístico, ha sido, en sus momentos de claridad y poco devaneo, el de sacar a la luz las conexiones de las cosas y los sucesos. Pero hoy, si existe un "hoy" posible, nuestra luz se abate aún más. Y los históricos refugios del saber y el hacer intelectual de nuestra cultura en el mayor sentido (de base electiva, influjo intercultural y resultante multicultural –aun antes de toda su emergencia como práctica y teoría dentro de lo global y lo postcolonial)[3] se afectan por la incertidumbre social.

Y otro sin embargo yace, porque la amnesia se ha infiltrado, del cuerpo social al que pertenecemos, hacia los campos axiológicos y expresivos de mucho arte y mucho pensamiento. Y aunque de él formamos parte, no pequemos de soberbia: solo percibimos desde una perspectiva disímil –acaso más sensible y por ello diferente– respecto al resto, que tal vez mire sin ver, o si ve, lo haga de un modo más rutinario.

Lo que he respetado como arte ha sido por su perenne vínculo con lo cognoscitivo y lo emotivo, que no por ello ha de ser explicativo ni develarse por sí solo como algunos han querido, y el conocimiento y la emotividad crean aptitudes para un mirar más allá, para olfatear antes que "la masa" lo que sucederá. Pero en ello la amnesia, operación del poder para ocupar las mentes, los tiempos y los quehaceres, ha asomado con más fuerza su mano. Y si bien los muchos podemos olvidar fácilmente, o hacen que olvidemos, el mundo del pensamiento y su praxis (posibles reservorios del espíritu) no tendían tanto a esa desertificación. Pero la arena se ha expandido, y ampliado el círculo, y hoy muchos olvidamos que buena parte de las veces lo nuevo ha sido lo viejo, bien olvidado.

Al poder le interesa el control, dominar el tiempo ajeno, nuestras mentes y quehaceres. Apropiarse del tiempo ajeno acrecienta su ejercicio. Lo que crea una autoridad avasalladora que amedrenta el tiempo para la vida y acrecienta la pedestre cotidianidad con el entretenimiento de la mente social-individual. Ocupándose la conciencia de la gente con la predeterminación mediante slogans y visiones en blanco y negro, se proscribe sin lugar a elección lo que se considere impropio socialmente: se mediatiza o no se deja lugar al "pensar".

Con tales lobotomías hemos perdido los poderes de ripostar debidamente, y hemos aprendido a jugar en rodeos, a parlotear mucho y hacer poco. El ser que nos atañe, en ese obsesivo sentido identitario, ha mostrado otra faceta antes potencial, hoy manifestada. Y es la incapacidad de emprendimiento general. La sociedad vive una inercia, que le ha atrofiado la capacidad de ser activa, dinámica, móvil. E intenta escudarse en pasados de gloria ya lejanos, que funcionan como parte de los elementos que le imposibilitan su avance. Y así no hace, sino fanfarronea. Pero en ese alarde con lo pretérito, donde todo se torna justificativo –mejor decir: irresponsable y paternalista, nuestro ancestral mecanismo de "disfrazamiento" se ha trastocado por el del amilanamiento psicosocial; hasta el punto de no nombrar las cosas sino ambiguamente inferirlas: pulsar la cadena pero no al mono.

Un claro ejemplo lo podemos situar en el vedettismo que significó "la guerra de los e-mails". Más que constituir un conjunto de reflexiones inteligentes y audaces, que las hubo, sobre ciertos fantasmas que encubren un fantasma mayor, puso en evidencia no una madurez del campo intelectual; sino una ingenuidad política que ha minado a nuestro campo del pensar y el hacer en nombre de una cultura del arte y de algo más.[4] Porque el cake hace rato ha sido repartido y no somos ni moscas en torno a su merengue. Ese mismo vedettismo –donde puede que algunos hayan supuesto ganar cotos de poder y protagonismo para "lo que venga"– lo que evidenció fue cuán descubiertos y filtrados estamos por temores y cobardías acendrados en nosotros.

A ello le sobrevino la política de las sondas, los rastreos: tanto a nivel de "debate" como de otras confrontaciones del estado de pensamiento. Y bien pudiéramos pensar: ¿qué relación guarda todo esto con la práctica artística? Todo. Si lo vemos sin amnesia. La práctica de las artes visuales, lo que me "concierne", como planteara en un comienzo, está cada vez más permeada por la desmemoria, el desaliento, y enumero varios hechos:

1- La falta, ya casi a ex profeso, de un cuerpo textual y visual que historie su desarrollo hasta algún corte temporal.

2- El débil enfoque genealógico, relacional y axiológico de su conocimiento e impartición docente en contextos medulares.

3- La mirada inconexa a sus giros, transformaciones o cambios expresivos, de medios y lenguaje.

4- Las lagunas de conciencia cultural de los mismos artistas al defender sus creaciones en relación con un acervo contextual e internacional.

5- La ausencia de un pensamiento sensibilizado con una mirada teleológica precisa respecto al arte, y de este, sus vínculos con los estados modélicos en lo social, lo ideológico, lo antropológico, lo ontológico, lo lingüístico, et. al.

Estos hechos, aunque falten más por enunciar, nos llevan a determinadas gravedades que han sido más o menos matizadas desde fines de los años noventa hasta nuestros días, con un evidente acrecentamiento desde hace más de dos años. Como en muchos campos culturales de la Cuba de adentro y de afuera, todo se conjetura y se fabula, no sin temores, y el rol emancipatorio de las artes visuales, como otras, se ha recogido o torcido (mercantilización, politización, institucionalización y eticidad mediante). Pocos artistas sienten y se inquietan buscando su libertad, porque han dejado a un lado la experimentación por la recurrencia hacia recetas ya supuestamente dominadas a favor de estos "mediantes". Más preocupante es el hecho de que el afán liberador que dominaba al arte visual cubano hasta los noventa y cortos, romántico, sí; utópico, también; pero fuente de lo que más ha valido hasta los pocos artistas para mí convincentes del presente; perdió su carácter común para ser cada vez más individual. Una mudanza y enmudecimiento que bien habla de los repliegues acontecidos en la sociedad. Y en esas mudanzas la capacidad de relacionar se estremeció por ser cada vez más individualizada la mirada a lo modélico.

En consecuencia, el sustrato teleológico inherente al arte visual real se ha desplazado, de una reafirmación identitaria que revisaba críticamente sus bases constitutivas durante los ochenta y los noventa –porque eso fue lo que hizo en su afán de ser crítico e irreverente, luego cínico y tropológico[5], repito, se ha desplazado a una ausencia de telos en el presente. Porque no existe ya un modelo real ni de identidad, ni social, ni económica, ni de la práctica ideológica y vital de esa sociedad nutriente. Porque vivimos un trauma antropológico, temporal, también ontológico y en el orden de los modos de una parte del lenguaje, entre otros factores generacionales, motivacionales, dados por esa amnesia y esa falta de paradigmas. Y la práctica visual se ha enfocado, repito: la que respeto, en una disensión de la construcción identitaria de "lo cubano" a favor de lo universal, lo múltiple, lo multicultural, lo global que tanto se ha satanizado por ese desesperado vociferar del poder en relación con una identidad en crisis, falaz, estancadora, que enjaula con la falta de memoria cualquier noción expresiva.

Por ello el mejor arte nuestro parece que no nos perteneciera. Porque no anuncia con fanfarrias, solo y puramente ES (entendida esta "pureza" como la entremezcla de todo lo posible). El conocimiento que la media social posee sobre el arte visual contemporáneo sigue siendo pobre y desligado. En la medida que no alcanza a percibir que el soporte creativo y experimental de sus artistas tiene dentro de sus ingredientes un conjunto de referentes, ocultos a veces pero presentes, que parten de la misma sociedad.

Pero esta, por su falta de relacionar desde adentro, no siente a este arte como suyo. En esta posición de víctima debemos recordar que la sociedad media sigue, y por lo visto seguirá, padeciendo una dicotomía entre instrucción, educación y cultura. Esta diferencia: instrucción, educación y cultura, tiene como base unos años setenta –cuando se separó el discurso entre las instituciones Educación y Cultura– que retrasaron los procesos educacionales respecto a la evolución de la cultura del arte y otros sectores de profesionalización. Y en ese divorcio ganó terreno la mirada sesgada de un didactismo ideologizado y fuertemente politizado consecuencia de una polarización que afectó tanto a la sociedad que hoy pocos tienen un sentido de pertenencia del arte contemporáneo, sino del más allegado a lo moderno, o a lo folklorizante, o a lo épico construido, o a lo retiniano y lo formalista de momentos posteriores; pero no de ese arte que instaura lo procesual, que vuelve de otro modo a la pintura, que preserva el concepto por encima de lo formal innecesario, o se arriesga en la experimentación con los medios (hasta llegar al video y recientemente a los New Media[6]).

En suma, mucha Cuba de adentro y de afuera no es culta en artes visuales, es sólo instruida en lo general, y educada en la especialización profesional –sobre todo la fomentada desde la primera mitad de los años ochenta hasta el cierre de la centuria pasada.[7] Y por ello es más amnésica, pues tales lagunas entre el sentido de pertenencia, el saber básico y la sensibilidad se han abierto para distanciar las capacidades de vincular procesos y hechos.

La Institución Arte reproduce esa polarización y fractura, que afecta la sociedad en todos los órdenes de nuestra vida común, para en vez de crear espacios inclusivos y de confrontación que muevan los sucesos y las cosas, jerarquizar discursos débiles pero correctamente políticos, priorizar una construcción de lo contemporáneo en el arte desde el efectismo, lo ligero discursivamente y el llamado "arte de catálogo" que dista de la práctica real, para intentar acallar voces y poéticas que duden más de lo permisible. O sea, se intenta ir en contra de una lógica práctica: que el arte "contemporáneo" –como en la mayor parte de su historia– ha sido consustancialmente disidente por anti amnésico y problematizador simbólico contra los clichés y las realidades virtuales que se representan con las identidades impuestas.

Entonces, ¿a dónde apunta un real arte contemporáneo nuestro desde el cierre de los noventa hasta hoy?

-A un lógico proceso de minimalización. Porque funciona como antídoto al barroquismo psico-social, espacial y ontológico de nuestra cultura[8]. Para proponerse explorar lo esencial.

-A asimilar otras herramientas expresivas –hasta llegar a las tecnológicas– y penetrar zonas que incluso están marcadas por el sello de lo restringido o lo prohibido (el empleo de Internet hasta hoy como soporte, y hasta hace poco de computadoras o DVD players, son un buen ejemplo).

-En dos direcciones: A manipular los grandes y sacros símbolos identitarios para revelar sus construcciones y, como resultado, rebelarse contra sus excesos y significados reclusorios. O a desprenderse de ellos, hacerlos desaparecer gradualmente del imaginario simbólico del arte más experimental.

-A instaurar, como consecuencia, un arte que habla del arte sin apellidos, con una vocación universalizante posible que tiene como telos (fin o modelo último) lo esencial humano y espiritual.

Como decía aquella mañana de junio de 2004: la identidad no se explica ni se define, sólo podemos imaginarla mediante ejemplos, o lecturas sensoriales. Sigue siendo como tratar de explicar a qué sabe un mango o cómo huele una rosa. Tras todo esto yace un cambio mayor. Si reparamos en el pensamiento común de nuestra sociedad, el referido trauma en el lenguaje aflora al comprobar que nosotros, de haber sido afirmativos de lo veraz, en ese sentido del modo heredado de nuestra lengua madre, hemos perdido –o adormecido por un tiempo– la capacidad de demostrar, de ser indicativos, fácticos, sobre los hechos y las cosas. Y hemos pasado gradualmente a una dimensión lingüística que nos delata que todo no era tal cual pensábamos; reaccionando tristemente y en un incómodo murmullar para pensar en lo presumible y lo poco probable. Y sorprendernos hablando y pensando con pocas certezas, castellanamente subjuntivos. Para vivir en una gran falta y una casi eterna duda.

Pero todo con un gran cansancio, una gran saturación o proceso de colapso originado en la sociedad, que ya no puede con la falta de perspectiva, con ese trauma, más que antropológico, cultural, que significa verse sin poder atar cabos para rehacer su hilo de la vida. Y ahí una probabilidad física: más que en la explosión, el estallido en torno a un sol con su sistema, pensar en un agujero negro que consume y altera su tiempo… para llegar a un transcurso de implosiones.

NOTAS

(*Un texto muy en deuda con este y con título casi exacto, apareció publicado en <http://www.arteamerica.com>. Mayo de 2008. El presente es una revisión del autor publicado en inglés en: miniANIMALISM Magazine. sinamor Editions. Reino de Kreuzberg-Ottawa. Julio de 2009, pp. 13-17).

[1] Vegetatus el Sabio.

[2] Idea que guarda relación con incertidumbres de William Blake, Oscar Wilde, acertijos del budismo y largas conversaciones con Eduardo Ponjuán.

[3] El existir expresa una duración, una temporalidad, donde el espacio se evidencia como un lugar de coexistencias. El nuestro ha sido un contexto de fuertes cohabitaciones, ora más tensas, ora más consensuadoras, que nos acercan constantemente a ese fluido cultural de base europea y africana; sin olvidar cierta influencia desde una impronta asiática, desde una cultura cosificada y mediática norteamericana y una impronta soviética y del área europea socialista en la infraestructura social y en el mundo material común. Visto desde un orden antropológico, y más evidente hasta la primera mitad del siglo XX en consecuencia con los procesos inmigratorios hacia Cuba, en el llamado "ser cubano" se imbrican diversos ejes culturales –occidentales y no occidentales– que expresan un estado de multiplicidad para esa llamada construcción identitaria, de cierto modo "congelada" tras el detenimiento de este influjo étnico, poblacional y cultural, que se invirtió gradualmente desde los años sesenta para ser un contexto diaspórico.

[4] Agreguemos la suposición de que "la guerra de los e-mails", ante cierta incapacidad de la oficialidad por coartar sus voces más serias, activó el mecanismo de entrada de virus informáticos de una manera que no se había dado hasta el momento: sutil instrumento de ejercicio de la censura desde el poder mediante canales de intranet, además las limitaciones de los proxys para acceder a blogs y webs específicas, los no accesos a buzones tan corrientes como Yahoo, Hotmail, Gmail, o los controles desde los nodos de simples e-mails con contenidos "sospechosos".

[5] Queda claro para los que conocen de nuestra cultura del siglo XX, que desde los minoristas y la Revista de Avance, cerrando la década del veinte, pasando por el Origenismo y la radicalización del espíritu moderno durante los años treinta y cuarenta en los órdenes morfológicos y poéticos, hasta la irrupción de la abstracción maldita y sus hijos: el Neoexpresionismo y el Pop; el afán mayor era el de la construcción gradual de una identidad nacional en el predio simbólico y expresivo que afianzase esa noción de "lo cubano", aun con todos sus visos de criticismo, cuestionamiento y emancipación. Y que en ese tránsito hasta los ochenta, al llamado "Renacimiento del arte cubano", se dieron momentos como el Fotorrealismo y el neoexpresionismo de los setenta igualmente afianzando esa obsesión modélica. Con los artistas emergentes en los ochenta la noción identitaria no se negó realmente, como algunos han supuesto y hasta querido argumentar, sino que se intentó hacer más viva la identidad, menos sacralizada, más idiosincrática. Y su consecuencia en los comienzos de los noventa la elevó a niveles tropológicos que construyeron nuevos tópicos hasta crear clichés representacionales sobre lo insular y lo identitario que compiten con el folklorismo contra el que reaccionó la abstracción informalista y concreta de los años cincuenta.

[6] Hago uso de un término que se entrampa en sí mismo lingüísticamente, por cuanto lo "New" puede, con el tiempo, dejar de serlo. Por esta razón se refiere también de un modo que creo más atinado como Emerging Media o Medios emergentes.

[7] Habría que calar en la instrucción en la actualidad, mal llamada Educación en términos convencionales, que ha tenido varios indicadores demostrativos de un descenso en su calidad en casi todos sus niveles.

[8] El barroquismo, en nuestro caso de tipo ecléctico por la profusión de fuentes al unísono, se trasunta como ese conocido miedo al vacío físico como "rellenador" objetual de un vacío espiritual. Recargamos más en la medida que necesitamos creer en algo que no poseemos –devenido de una herencia occidental de origen cristiano– y se convierte en "signo" de seguridad, de aparente sosiego que ostentamos para esconder las ausencias o lo que está en crisis.


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